¿DISCULPA O PERDÓN?

Written by Iglesia on diciembre 28th, 2011

Toda persona ofende y toda persona es culpable de sus acciones negativas. Por  tanto todos mereceríamos ser tratados como culpables de nuestras acciones que afectan a terceros. Y todo ofendido en mas de alguna vez a deseado que su ofensor reciba su merecido por haberle dañado quizá no sólo verbalmente resintiendo sus sentimientos, sino muchas veces hasta físicamente.

La Palabra de Dios dice que todos pecamos y “si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la Verdad no está en nosotros”. (1ª. JUAN 1: 8).                      

Si tomamos como base ese verso, nos daremos cuenta que necesitamos un perdón por haber ofendido a Dios y no sólo eso; sino por tratar de justificarnos que somos personas sin falta y falla.

Quien ofende tiene la obligación de pedir perdón.Y el ofendido tiene la obligación de perdonar. La Palabra del Señor nos enseña que debemos ser obedientes en todo al Señor guardando así su mandamiento.

 El Señor Jesús ordenó que por ser hijos de un Dios que perdona, tenemos que perdonar a nuestros ofensores. “…Perdonad, si tenéis algo contra alguien, para que también vuestro Padre que está en los cielos os perdone a vosotros vuestras ofensas.

Mas sin embargo hay muchos cristianos que no pueden perdonar a su ofensor, al contrario en su alma desea que su ofensor sea no sólo reprendido para que aprenda, sino hasta que sea castigado con juicio de Dios. Y sin darse cuenta, está cortando él mismo la conexión de la gracia divina para sí mismo ocupando la silla de juez. Sin perdonar estamos amarrados a la persona que no perdonamos, aumentando “ascuas de fuego” no al rostro del ofensor sino al nuestro.

 El perdón ayuda a retener la avalancha de la culpa y el dolor al que ofende, como el que busca retener al río sin cauce que arrastrará todo lo que encuentre a su paso.

 El perdón disminuye la fuerza de culpa del que comete la ofensa. Dándosele la oportunidad de una reivindicación; aunque se merezca  una justa reprensión.

El perdón genera una “empatía” de condición similar entre el ofendido y el ofensor. No somos diferentes a ningún hombre de ésta Tierra, si alguno se considera diferente no es merecedor de pisar las mismas calles y respirar el mismo aire; ¿piensan queaquellos dieciocho sobre los cuales calló la torre en Siloé y los mató eran más culpables que todos los hombres que habitan en Jerusalén? Os digo: no, antes si no os arrepentís todos pereceréis igualmente.” (Lucas 13: 4-5). ¿Acaso el Señor Jesús no se humilló hasta lo sumo para ser semejante a los hombre, con diferencia que Él no pecó?

Todos necesitamos pedir perdón a nuestro Dios. “Perdónanos nuestras deudas, como nosotros perdonamos a nuestros deudores… Si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; pero sino perdonáis sus ofensas a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas. ” (Mateo 6: 12, 14-15).

Quien no perdona a su ofensor quiebra el incensario que ocuparía para ofrecer su incienso a Dios. Porque ha dicho: “perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores.”

Muchos cristianos ofendidos muestran la “severa humillación recibida” y aunque saben lo que el Señor nos ha enseñado dicen: “yo no le busco para ponerme a cuentas con él (o ella), yo no le ofendí; fue él (o ella) quien me ofendió.” Demostrando así su poca convicción de la profesión de fe que debería ejercer; dándole lugar al espíritu de ira en su corazón y muchas veces no nos importa si nos acercamos al trono de la gracia bajo ese tipo de influencia, ignorando así que nuestro clamor y nuestra ofrenda no llega a la presencia del Señor por las raíces de amargura que son las que nos han estado alimentando, no pudiendo dar frutos deliciosos al Señor. “Por tanto, si traes ofrenda al altar y allí te recuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar y ve, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces vuelve y presenta tu ofrenda. ” (Mateo 5: 23-24)

Muchos conflictos se han disipado como la neblina de la mañana, por sólo el hecho de tomar la decisión de atreverse en ser el primero en practicar la mansedumbre y humildad de corazón conforme a Aquel que vive en nosotros, el cual es “el Sol de justicia”.  Y cuantos hombres se han ido a las oscuras tinieblas del abismo por mantener su corazón  como Faraón.

Muchos hombres y mujeres han encontrado perdón en sus ofendidos tan sólo con el hecho de darle lugar al Espíritu del Señor y pensar como aquel hijo prodigo que dijo: “Padre he pecado contra el cielo y contra ti… pero el padre dijo: sacad el mejor vestido y vestidle… porque este mi hijo se había perdido y es hallado…” (Lucas 15: 21-24)

Sin embargo es triste mirar entre los hijos de Dios, entre los redimidos del Señor; que ni el que ofende ni el ofendido busca la paz con Dios, con su alma y con su prójimo. Invalidando así el mandamiento del Señor Jesús cuando dijo: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tenéis amor   los unos por los otros” (Juan 13: 35)

El ofensor casi siempre no busca perdón, sino busca “DISCULPARSE”  La disculpa: es el hecho de demostrar  que no es culpable o responsable de algo, justificándose a través de su “YO” que según él es limpio.

El que siempre busca PERDÓN; lo hace porque sabe en su interior la falta que ha cometido, y su conciencia le hace recapacitar que es un pobre pecador necesitado de la misericordia de quien ha ofendido.

El que no PERDONA sino que DISCULPA; usará el “TE PERDONO PERO…” dando a conocer de esa manera que él nunca fallará, y que su rectitud es con base a su justicia propia y no a Aquel que pesa los corazones y las intenciones de éste.

El que en verdad PERDONA es aquel que no sólo pronuncia la palabra “SÍ, TE PERDONO”. Sino también olvida la ofensa recibida, dándole lugar a Aquel que es amor y fuego consumidor; consciente que el amor cubrirá multitud de pecados y el fuego sólo dejará cenizas.

También hay muchos padres cristianos que enseñan a sus hijos a que se disculpen cuando el pequeño ha cometido un error a algún otro niño o a alguna persona mayor;  está bien que se les enseñe respeto y moral. Pero los padres a veces no reconocen las ofensas que hacen  a sus hijos y sí exigen que los hijos reconozcan sus “grandes errores”, cuando muchas veces son por la clase de ejemplos que reciben de sus progenitores. Porque no debemos olvidar: “COMO SON LOS PADRES ASÍ SON LOS HIJOS”.

Así que, la próxima vez que ofendas a alguien no pidas DISCULPAS sino pide PERDÓN. No trates de justificar tu falta o falla. Reconoce que eres un hombre o una mujer lleno (a) de errores y sinsabores. Pero que a la vez eres un(a) hijo (a) de Dios lavado (a) con la Sangre del Cordero que quita las inmundicias del pecado haciéndolas más blancas que la nieve.

Y si tú eres el ofendido debes PERDONAR  no digas: “QUE TE PERDONE DIOS” porque quizá; quien te ofendió lo primero que hizo fue pedirle perdón al Señor por haberte ofendido a ti. No debes tener  rencor alguno, no debes guardar en tu corazón amargura; ni darle lugar a ser tentado por el tentador, que con su astucia de maldad tratará de convencer a tu pobre pensamiento a sentirte superior a los demás, y que eres una  persona tan importante que te mereces un lugar de honor delante de los hombres, haciéndote  ver que tienen que postrarse de rodillas y besarte el  anillo de tu mano para buscar tu perdón, porque  si tu corazón no es sencillo, quizá le digas: “ven otro mañana”, cuando le des tu cetro para buscar tu benevolencia. Y al lograrlo tocarás trompeta porque un pecador como tú, se ha humillado ante ti; cuando la Palabra del Señor nos enseña que: si se nos ofende,  no sólo una vez debemos perdonar a quien nos ofende; sino hasta setenta veces siete, si fuera aun en el mismo día.

           Escrito por: Pastor Hector Linares

 

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